Turris Brigantina

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Autor: Manu Sánchez / Fecha: Dom, 13/08/2017 - 19:36 / Etiquetas: a coruña, historia, torre de hércules, coruña ayer
Torre de Hércules

Parece incluso de mala educación escribir una sección sobre la historia de Coruña sin haber mencionado todavía a nuestra colosal Torre de Hércules. Es el monumento más importante de la ciudad, y su relevancia ha estado siempre fuera de duda. Ya lo dice Paulo Orosio en el siglo V: “El segundo ángulo de Hispania está orientado hacia el noroeste, donde la ciudad galaica de Brigantia eleva como atalaya de Britania su faro altísimo y digno de mención entre muy pocas cosas. Desde el principio de los tiempos, la Torre ha sido protagonista y ha condicionado el destino del territorio que le rodea, hasta tal punto que en la Edad Media la ciudad se conocía simplemente como ‘Faro’.

Pero, ¿cómo era realmente la Turris Brigantina que construyen los romanos? Pues ligeramente distinta a lo que podemos observar ahora si nos damos el placer de pasear por los promontorios rocosos de Punta Herminia. Gracias a las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo a principios de los años 90, conocemos muchos datos que de otra manera sería imposible averiguar. Por ejemplo, sabemos que la Torre fue muy probablemente construida a mediados del siglo I d.C., lo que nos permite situar la obra en tiempos de los emperadores Calígula, Claudio o Nerón. A falta de más datos que nos permitan concretar con más precisión la fecha, quizá lo más factible es que hubiera sido Claudio  (sí, el de la serie de televisión), el que emprende la construcción del faro, ya que con él se alcanzan por primera vez las islas británicas, y el puerto de Coruña actúa con gran probabilidad como lanzadera para estas expediciones. El faro, además de ser un enorme elemento propagandístico de la superioridad y grandeza del Imperio, se convierte, por supuesto, en herramienta indispensable para guiar las navegaciones que llegan y parten desde el azul atlántico coruñés.

Sabemos también que la altura del edificio era ligeramente inferior, rozando los 40 metros, por los 57 que tenemos hoy. Su envergadura era en cambio superior. La atalaya romana era el doble de ancha que la actual, porque la estructura interior que hoy se conserva estaba protegida por un segundo muro exterior que estaría a poco menos de dos metros de distancia. Entre esas dos paredes, se apoyaba una rampa que iba realizando el recorrido ascendente hasta alcanzar una especie de pequeño edificio circular que protegía el fuego. Este último se conseguía utilizando aceite como combustible, que se vertía en un depósito que iba conectado a través de una mecha a una pieza de granito que funcionaba como una lucerna a gran escala. Esta pieza pesa cerca de una tonelada y lo más probable es que tuviese un sistema de espejos o metales pulidos que servían para proyectar la luz obtenida a gran distancia. La fachada original y la rampa interna fueron deteriorándose tras la caída del Imperio Romano, hasta desprenderse de la estructura. Mucha de esa piedra fue reutilizada cuando la ciudad se refunda en 1208 para levantar casas, murallas e iglesias. Todos estos detalles pueden apreciarse en la excavación, abierta al público y punto de partida de la visita, antes de comenzar a subir escalones.

Muchos de los turistas y visitantes que se acercan a visitar el monumento vienen con la impresión de que de ese edificio milenario sólo se conservan algunos restos en la cimentación, pero lo cierto es que ese núcleo que estaba en el corazón de la construcción, todavía está prácticamente intacto. Tan intacto que supone casi un 65% del edificio. Este hecho tiene una importancia extraordinaria, ya que, tal y como recitan todos los escolares que pasan por allí con la visita guiada, convierte a la Torre de Hércules en el faro más antiguo del mundo que todavía está en funcionamiento. Solamente el antiguo faro de Dover, en Inglaterra, puede plantarle algo de cara, pero la construcción romana que se conserva ha perdido su función, y forma ahora parte del castillo de esta localidad británica. Otra de las cosas que suele pasar desapercibida es la conocida como firma del arquitecto o piedra fundacional, que descansa protegida en una caseta de piedra construida en el siglo XVIII por los hermanos Gianinni. Esta inscripción en piedra es otro de los aspectos que hacen únicos al edificio, ya que, en el Imperio Romano, la ambición de ser eterno se pagaba con pena de muerte, ya que toda obra debía estar consagrada en el nombre del emperador. Creemos que Caio Sevio Lupo, arquitecto de Aeminium (Coimbra), lo que hace es construir una estatua de bronce dedicada a Marte, y la coloca a los pies de la Torre. La estatua ya no se conserva, y quizá fuese víctima de una damnatio memoriae, lo que abriría nuevas posibilidades para teorizar sobre bajo el mandato de qué emperador se levanta el faro que dominaría el noroeste peninsular. La inscripción, en cambio, está como nueva. Probablemente sepultada durante muchos años y protegida por lo tanto, parece que haya sido recién cortada y pulida. Cincelando esta piedra con picaresca, el lusitano consiguió que su nombre haya pasado a la posteridad.

Por todas estas características y alguna otra más, no es de extrañar que la Torre sea parte de nosotros, defina nuestra identidad y se haya convertido en nuestro símbolo por excelencia. Que esté siempre presente en carteles, anuncios y celebraciones. Que sea Patrimonio de la Humanidad. Y es que desde la parte más elevada de Punta Eiras, este gigante granítico se mantiene impasible, desafiante e imponente ante el paso del tiempo desde hace casi 2000 años. Casi nada.