Crunia, el nacimiento de una ciudad

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Autor: Manu Sánchez / Fecha: Lun, 11/07/2016 - 11:01 / Etiquetas: CORUNA, historia, fundación, Alfonso IX, Crunia, Castelo Vello, Fuero de Benavente, templarios, puerto, pescadería
Plaza de Azcárraga

Uno de mis placeres confesables es relajarme paseando por la Ciudad Vieja coruñesa. Puede que te cruces con algún campamento infantil, alguna visita guiada o algún crucerista despistado, pero el ambiente, a diferencia de en otros cascos históricos gallegos, es de absoluta tranquilidad. Cuando me siento a tomar el café de por la tarde en la bonita Plaza de Azcárraga, me resulta fácil imaginarme viviendo dentro de las murallas medievales. Irónicamente, muy poco de las defensas y muy pocos edificios han sobrevivido al paso del tiempo. Con su reciente plan de peatonalización, parece que la Ciudad Alta ha recuperado algo de su lustre, pero sigue estando un poco olvidada por muchos. Sin embargo, no habría Coruña sin Ciudad Vieja.

Delimitar el momento exacto en el que nace la ciudad de Coruña es una tarea compleja. Aunque la ocupación del terreno se remonta a miles de años antes de Cristo, hasta la época medieval no está claro que podamos hablar de un verdadero núcleo urbano. En este sentido, 1208 es la fecha que se suele tomar como referencia, ya que en ese año, el rey Alfonso IX otorga a un lugar que llama Crunia la condición de villa y el fuero de Benavente. Las anteriores menciones al lugar lo denominan simplemente Faro, ya que poco más había que la Torre de Hércules.

Lejos quedaban las repetidas incursiones costeras normandas e interiores musulmanas que habían obligado a fortificar toda Galicia en los siglos IX y X. Incluso la Torre de Hércules funciona como atalaya costera al servicio de la Iglesia compostelana en este momento. Tanto cambia su función, que pasa a llamarse Castillo de Faro o Castelo Vello. Finalmente, el obispo de Compostela Gelmírez intercambia la Torre en 1126 por la Tierra de Tabeirós, ya que se menciona en las Crónicas de la sede de Iria, del siglo XI que “el castro de Faro estaba demasiado arredado del señorío de Santiago, y casi sin ninguna utilidad reportaba al arzobispo, antes bien, todos los años tenía que gastar mucho con caballeros estipendiarios en vigilarlo y guardarlo”. Vamos, que estaba muy lejos y costaba una fortuna tenerlo funcionando para nada, ahora que las amenazas habían cesado.

Es la última vez que oímos hablar de la torre hasta que en 1208 Alfonso IX crea la nueva población. No fueron todo alegrías durante la fundación, ya que el monarca se encontró con varios problemas. El primero es la competencia del Burgo de Faro, una población que había crecido en el interior de la ría, a resguardo de las amenazas marítimas, unos 60 años antes.

En el Burgo de Faro tenía su residencia la Orden del Temple, que aún después de ser adquirida por el rey, se resiste a abandonar la villa y trasladarse a la nueva y flamante Crunia. La negociación se torna desagradable y los Templarios mostrarán su rechazo en firme, sublevándose contra el monarca repetidas veces, en un tira y afloja constante. Posteriormente, Fernando III sacará el látigo, obligando a la orden a deshacer y trasladar piedra por piedra todo lo que habían construido en el Burgo después del nacimiento de Crunia, para que no hubiese interferencia en el desarrollo de la nueva ciudad. Por suerte, todavía hay huellas templarias como las iglesias de Santiago de O Burgo y Santa María do Temple.

Un segundo problema fue la presencia de autoridades con derechos sobre el territorio. Alfonso IX llevará a cabo una política de compensaciones, ya que su intención es que ningún poder, excepto el real, tenga potestad en la nueva ciudad. Así, por sus derechos sobre el Burgo de Faro, el monasterio de Sobrado va a recibir el décimo del portazgo de Coruña, es decir, la décima parte de lo recaudado del tránsito de mercancías que entraban o salían del puerto. La iglesia compostelana es recompensada con cien marcos anuales en las rentas del mismo impuesto, junto con la propiedad de las iglesias de la ciudad y diez solares en la ciudad exentos de tributación. Finalmente, el rey llegará a acuerdos con nobles, como los condes de Traba, intercambiando sus propiedades por otras de igual valor pero fuera del territorio coruñés.

Los ciudadanos coruñeses, gracias al mencionado Fuero de Benavente, van a tener ciertos derechos y exclusividades, que han sido heredados y que explican muchas cuestiones de la personalidad de la ciudad en la actualidad. Por ejemplo, la extensión del territorio, que era de 2 leguas (unos 7-8 kilómetros a la redonda), solo estará bajo la autoridad del ayuntamiento, y ningún monje ni noble podrá residir en la misma, con la excepción de los monjes de Sobrado. Todos los pobladores quedaban exentos del pago del portazgo, y también de aportar fonsadera (obligación de acudir armados y equipados para la guerra o pagar para no tener que acudir a esa llamada). También se establece que ningún merino entre en la casa de ningún vecino por motivo de ninguna caloña (multa impuesta al culpable de un delito en concepto de indemnización). Por si fuera poco, la prosperidad que ofrecía un puerto que crecía a un ritmo frenético era una gran publicidad para una ciudad que medrará muy rápido durante el siguiente siglo. Todo esto nos suena muy familiar a los coruñeses del siglo XXI: seguimos viviendo del comercio, y la ciudad es mayoritariamente laica y liberal.

Del primer matrimonio de Alfonso IX nacen las infantas Sancha y Dulce, a las que el rey concede en 1217 varios territorios, entre ellos Coruña. La tradición dice que residían en la actual calle de las Damas, en el número 6, una vivienda hoy reformada que se considera de las más antiguas de la ciudad. Sancha y Dulce posteriormente renunciarán a sus derechos a la corona en favor de Fernando III. Los sucesivos reyes fueron confirmando o incluso ampliando los privilegios reales que se le habían otorgado a la ciudad. Por ejemplo, Fernando III y posteriormente Sancho IV otorgan a Coruña el derecho de no estar sometidos a la autoridad de los delegados del rey. De esta manera, la ciudad gozaba de una gran autonomía. Otro gran privilegio económico fue la concesión, por parte de Alfonso X el Sabio, del almacenamiento, distribución y venta de la sal, bien preciosísimo en la época. Todo el que necesitase sal debía dirigirse al alfolí y comprar el producto. Esto se refuerza con la posibilidad para los mercaderes de hacer préstamo a los reyes en tiempos de guerra, y la exención de pago de entrada a las mercancías provenientes de Santander o Castro Urdiales. Estas condiciones atraen a nuevos pobladores, comerciantes seducidos por las oportunidades de negocio y las ventajas fiscales.

Aunque no conocemos la extensión de la ciudad en el siglo XIII, sí hay constancia de la existencia de  varias calles, casas y hornos así como de un mercado de pescado, plazas y fuentes, todo ello situado entre las iglesias de Santa María del Campo y de Santiago, en un recinto amurallado. Las casas construidas alrededor de las iglesias estaban rodeadas por una muralla franqueada por torreones semicirculares que pasaría por las actuales calles de la Maestranza, Nuestra Señora del Rosario y el Paseo del Parrote. El tramo más antiguo que se conserva está justo enfrente de la entrada del Hotel Finisterre, un lienzo de piedra que tiene adherida la antigua entrada al Hospital de San Andrés.

Más adelante se realizarán nuevos muros para ampliar la fortificación de la ciudad. Existió un primer castillo, muy probablemente donde hoy se emplaza la iglesia de Santo Domingo, que posteriormente sería trasladado al jardín de San Carlos. Fuera de murallas se instalarán los conventos de San Francisco y Santo Domingo. También extramuros, ya más cerca de la bahía, se encontraba la Pescadería. Igual que ocurre hoy en día, la Ciudad Vieja irá poco a poco perdiendo su importancia, y la Pescadería se convertirá en centro del comercio y la actividad, ganando cada vez más peso. Se llegan a implantar medidas para intentar frenar este crecimiento, como por ejemplo, permitir solamente el comercio de pescado en la Ciudad Alta. Tras varias protestas, en época de los Reyes Católicos, y ya con la población del arrabalde llegando a cuadruplicar la de la Ciudad Vieja, los propios monarcas reconocen su importancia y abandonan sus intentos por limitar la expansión.

Al final, la historia siempre se repite. Hace una década, la calle con más actividad comercial era la Calle Real, y en segunda plaza, San Andrés. Hoy en día, el bullicio se centra en la zona modernista de la Plaza de Lugo, y habrá más todavía cuando Inditex abra su mega-edificio. Nuevas realidades como los centros comerciales también juegan su papel. Quién sabe qué pasará dentro de otros diez años. Lo seguro e indudable es que la Ciudad Vieja seguirá siendo el germen de nuestra querida Coruña.