La defensa del Golfo Ártabro

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Autor: Manu Sánchez / Fecha: Lun, 23/01/2017 - 15:10 / Etiquetas: a coruña, historia, cañones, batería, Segunda Guerra Mundial

La tecnología de guerra más avanzada del mundo en aquel momento, y la más potente usada por España en toda su historia. Maquinaria que consiguió intimidar a Los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Cañones de más de 17 metros de longitud. Aunque no lo parezca, estoy hablando de Coruña. En concreto, de la Batería de costa del Monte de San Pedro.

En 1929, en el conocido como periodo de entreguerras, el gobierno de Primo de Rivera decide fortificar la costa española y encargar a la empresa inglesa Vickers Armstrong 18 cañones de 15 pulgadas, modelo 1926, que se renombraron como Cañones Vickers 381/45 para adaptarse a la nomenclatura española de artillería. Gran parte de los mismos se usó para proteger la Base Naval de Ferrol, colocando baterías de costa en diversos emplazamientos del Golfo Ártabro. En la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que España se había declarado neutral y no beligerante, este espacio natural servía de refugio a los acorazados y barcos alemanes, que aprovechaban para abastecerse de materias primas, en especial de un material que se convirtió en objeto de deseo para ambos bandos: el wolframio. Este metal, también conocido como tungsteno, es de gran dureza y resistencia, y gran parte de su producción se da en la península, concentrando Galicia el 70% de las minas de wolfram de España. Se desató otra guerra, secreta. Los alemanes querían conseguir el material para reforzar y blindar sus proyectiles y tanques, y los Aliados querían evitarlo a toda costa. Dice la leyenda que grandes cantidades de wolframio adquiridas por el bando Aliado fueron arrojadas a la ría de Vigo para evitar que otros pusieran sus manos sobre ellas.

El transporte de las piezas Vickers que forman la batería fue todo un suceso para los coruñeses de la época, que vieron con asombro como por medio de raíles desmontables, un prodigio de la técnica en aquel momento, y a un ritmo de avance de 200 metros por día, los cañones llegaban hasta su emplazamiento final. Su bautizo de fuego fue el 19 de diciembre de 1933. Desde entonces, los cañones sólo se han disparado 54 veces, todas ellas y por suerte, por maniobras de prácticas. El 24 de octubre de 1977 se produjo el último disparo. Equipados con motores neumáticos emplazados en un foso de más de 7 metros, el calibre y la potencia de los cañones permitía lanzar proyectiles de acero perforante de unos 885 kilos a una distancia superior a los 35 kilómetros. Para hacerse una idea, desde San Pedro podríamos alcanzar un blanco que estuviese a la altura de Valdoviño. El tubo, dividido en tres segmentos, está rallado por dentro, para aumentar la fricción del proyectil y causar el máximo daño. Estas gigantescas balas podían salir despedidas a una velocidad de más de 2700 kilómetros por hora.

Para realizar el cálculo de tiro se contaba con varios elementos en las instalaciones, como por ejemplo, las estaciones telemétricas, en las que se medía la distancia entre nuestra posición y el blanco que se quería batir, o los inclinómetros, con los que se calculaba la dirección en la que se movía el objetivo. Estos y otros datos se transmitían desde las estaciones hasta la Sala de Mando situada en el búnker principal, dónde todas las variables se introducían en un ordenador considerado de los más antiguos de España. Toda la información se plasmaba en una mesa trazadora, y sólo entonces se tomaba la decisión de disparar o no.

La batería de cañones del Monte de San Pedro es la única de las baterías del Golfo Ártabro que no se desartilló, y en 1995 pasó a ser parte de un nuevo y gran espacio público en nuestra ciudad, ya que hasta ese momento, el terreno había sido militar. Hoy es un parque con 4000 metros de senderos, respeto por las especies existentes y las mejores vistas de Coruña. Y además, con unos cañones que son testigos de nuestra historia más reciente.