Teñidos de negro

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Autor: Manu Sánchez / Fecha: Mar, 05/12/2017 - 14:01 / Etiquetas: a coruña, historia, Mar Egeo, barcos
Rescate del Mar Egeo (Foto de Antía González)

Creo que no ha habido un día en mi trabajo como guía en la Torre de Hércules en el que turistas o locales no me hayan sorprendido con alguna de sus preguntas. Son cuestiones inocentes, curiosas o que a veces pueden incluso tener cierta gracia. Me gustan mucho porque me sirven para ver cómo el resto de la gente percibe el mundo y comprobar que la misma realidad puede ser interpretada de un millón de formas diferentes. Pero claro, esas preguntas son las menos. Normalmente el interrogatorio es siempre el mismo y tiene cierto carácter práctico. Cuánto, dónde, hasta qué hora. Hay una que nunca falla tampoco:

-¿Cómo se llamaba aquel barco que estaba aquí embarrancado?

-El Mar Egeo.

-¡Eso, no me salía el nombre! Yo lo llegué a ver, estaba en esa punta... ¿en qué año fue? No habrías ni nacido tú todavía...

La entrada a la ría de A Coruña está dividida en dos por un banco de rocas conocido como "As xacentes", que hace peligroso el tránsito por ese sector y obliga a esquivarlas por el norte, es decir, por Punta Fieiteira, o por el oeste, esto es, por el canal de Punta Herminia. Cuando el Urquiola se desgarró en 1976 vertiendo 100.000 toneladas de crudo en el Atlántico, fue debido a la presencia de unas agujas rocosas en la costa más cercana a Oleiros, lo que provocó que se prohibiese a los buques de gran calado la entrada por el canal norte, con la intención de prevenir y evitar futuros accidentes marítimos. Por eso el 3 de diciembre de 1992, hace ya más de 25 años, el Mar Egeo iniciaba la maniobra desde Ares intentando seguir la enfilación de Punta Mera. En ese momento comenzó la tragedia.

Vientos huracanados, baja visibilidad, una maniobra discutible y el desconocimiento de la bocana de nuestro puerto fueron las circunstancias que se juntaron para que aquella mole de hierro, aquel gigante de los mares terminase atascado en un peñasco a escasos metros de la Torre. Cuando llegaron los equipos de rescate, la fatalidad ya casi se había consumado. El buque se había partido en dos. Poco después, la mayoría de los tanques estallaron de forma violenta. Comentaba uno de los marineros de los barcos de rescate que "literalmente volaban bolas de fuego". Ese fuego pronto se convirtió en una nube que se desplazó en todas direcciones tintando de negro todo a su alrededor, instalando la incertidumbre en la ciudad, obligando a desalojar a los vecinos del barrio de Adormideras, oscureciendo las paredes centenarias y milenarias del faro y lo peor, dejando un reguero de petróleo de dos kilómetros de longitud y veinte de anchura, que ocasionó un auténtico desastre ecológico y medioambiental.

Se calcula que la contaminación ocasionada por el naufragio estuvo presente en el agua y los moluscos entre seis y ocho meses, pero desde luego, sus efectos fueron mucho más duraderos para la gente del mar, pescadores, percebeiros, marineros que en la mayor parte de los casos no habían cobrado todavía las indemnizaciones correspondientes por el Urquiola, y que veían como la desgracia se cebaba con ellos de nuevo. Mientras tanto, la popa del barco permanecía petrificada en las rocas y quedaba para siempre inmortalizada en las retinas de locales y visitantes, que gastaban una de las fotos de sus carretes en capturar al derrotado titán cobrizo. Quizá su mejor destino hubiese sido un museo de los naufragios (al estilo del genial museo Vasa de Estocolmo, por ejemplo), pero en 1998 se decidió desguazarlo. Los restos sumergidos se fueron sacando poco a poco, incluso en enero de este mismo año, a la espera del mismo final, la venta como chatarra.

-¿Y todavía queda algo del barco?

Muchas veces no sé qué contestarles. Claro, les digo que algunas planchas fueron reaprovechadas y que una de las hélices se encuentra en el Aquarium Finisterrae. Podría decirles que parte de los restos son refugio de algunas especies que pueblan la costa que rodea Punta Eiras y Punta Herminia. Pero quizá debería empezar a decirles que aunque lo retiren todo, siempre quedará algo del Mar Egeo en el agua, en la ciudad, en nosotros.