Papel de fumar

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Autor: Manu Sánchez / Fecha: Mar, 25/04/2017 - 11:20 / Etiquetas: a coruña, historia, Fábrica de Tabacos, emilia pardo bazán, La Palloza

Desde que los primeros misioneros enviados al nuevo continente se hubieran quedado impresionados con los efectos narcotizantes de aquel extraño arbusto, el tabaco se convirtió en un gran negocio. La monarquía española pronto se percató de tal hecho, por lo que a partir de 1637 la Hacienda Real monopolizó toda producción y venta. Y así nacieron las primeras fábricas, ubicadas en Sevilla y en Cádiz. Al principio, el tabaco se mascaba o se aspiraba (algún lector puede que recuerde el rapé, que viene del francés y significa rallado). La popularización del cigarrillo se debe, entre otros motivos y muy curiosamente, a Napoleón y su ejército. Hacía muy poco que la Fábrica de Tabacos de A Coruña había inaugurado su actividad cuando se produjo la invasión francesa de España.

Los soldados galos ocuparon la factoría coruñesa y descubrieron el papelito español. Tanto les gustó que ellos mismos se encargarían de distribuirlo por Europa adelante. Pero incluso antes de eso, la del tabaco era una historia de éxito. Tal era el consumo, que la producción nunca era suficiente, por lo que la Corona decidió abrir nuevas fábricas. En el noroeste peninsular, los estudiosos achacan la decisión de que la sede fuese Coruña a un efecto compensatorio por la pérdida de los Correos Marítimos, trasladados en 1802 por motivos de seguridad al fondeadero de la Ría de Ferrol, que tiene una boca más estrecha y resulta más fácil de defender. Pero lo cierto es que la Corona actúa de una forma práctica: hay unos edificios que le pertenecen, con un embarcadero propio y en una ciudad que históricamente había vivido de su puerto. Además, las mujeres coruñesas no necesitaban apenas formación. Existía en la ciudad y en Betanzos la tradición de elaborar puros usando hoja en bruto procedente de las Antillas, que posteriormente se enviaba a Andalucía o al extranjero. Cuando escaseaba la hoja de tabaco, se llegaban a a elaborar puros incluso de hoja de maíz o de patata. La solución de la ecuación estaba clara. Y así, mediante la Real Orden de 1804 Carlos IV concedió a la ciudad herculina el privilegio de fabricar y distribuir tabaco. La fábrica abastecería a las provincias gallegas, Asturias y la parte occidental de Castilla. Pero la actividad no iba a comenzar hasta unos años más tarde, ya en 1808, con el nombramiento de un administrador provisorio. Es en ese momento cuando empiezan las obras, encargadas al arquitecto Fernando Domínguez y Romay. De esta época se conservan algunos libros de contabilidad y se sabe que había un código interno de funcionamiento, un Reglamento de Buen Gobierno similar al de Cádiz​. En esta época de factoría, seguramente la fábrica simplemente servía como almacén de distribución de tabaco elaborado para su venta en el mercado regional.

Desde entonces, la Fábrica de Tabacos no hará otra cosa que crecer y aumentar su producción. En sus inicios, ya contaba con la más que respetable cifra de 400 operarios y trabajadoras, pero en 1834, el número ya asciende a 3.000, y será a finales del siglo XIX cuando alcance su punto álgido de contratación, contando con 4.000 empleados que realizan diferentes trabajos de elaboración y velan por el el buen funcionamiento de la Fábrica. Esta cifra nos da una idea de la trascendencia que tuvo que tener la Tabacalera en la ciudad, industria que iba a hacer mucho también por la incorporación de la mujer al trabajo, aunque inicialmente las condiciones no fuesen las ideales. Las mujeres componían, casi de forma exclusiva, el cuerpo de mano de obra especializada, pero sus remuneraciones eran claramente inferiores a las de los hombres y ésto suponía una gran reducción de costes para Hacienda. El trabajo de cigarrera era un complemento, una “actividad de auxilio” y en los documentos que hacen referencia a la situación durante los primeros años ya se alude a la dificultad para contratar, porque las mujeres "ya tienen padre, hermano, marido a quién servir, vendrán y no las dejarán venir" o también que "más les vale meterse en la mar, desembarcar sal, sardinas, pescado o coger marisco".

Las cigarreras eran, ante todo, un gran colectivo, y con sus protestas, irán paulatinamente mejorando esas condiciones laborales y progresando en sus demandas. Serán ellas las que, en 1831, se conviertan en las primeras en convocar una huelga en Galicia, suceso sin precedentes hasta entonces en nuestra comunidad. Durante el paro hubo momentos muy duros e incluso de cierta violencia con la policía. Las cigarreras, según varios testimonios, eran mujeres de armas tomar, y con unas convicciones ideológicas muy claras. El motivo para convocar la huelga nos dice mucho de su personalidad: la gerencia quería producir más y más, en enormes cantidades, incluso si ésto suponía la pérdida de calidad del producto final, algo que las cigarreras no estaban dispuestas a tolerar. En 1857 se produce uno de los episodios más sonados de los movimientos reivindicativos de estas mujeres, y tiene que ver con la introducción de las máquinas de picado automático. Aunque era cierto que la nueva maquinaria suponía un avance y una mejora de las condiciones del trabajo, ya que el picado era una de las labores más ingratas, sustituir la realización de esta tarea manual por un sistema mecanizado también equivalía a la pérdida de empleos. Según la crónica de El País, Diario de Pontevedra "se alborotaron aquellas cuatro mil mujeres, arremetiendo contra los jefes y empleados del establecimiento, destruyendo todo el tabaco picado, pitos y hoja que tuvieron a mano y el que hacía tiempo estaban elaborando, pisoteándolo y arrojándolo al mar, rompieron e hicieron pedazos las máquinas nuevas para picar el tabaco, y que se dice costaron catorce mil duros tirándolas al mar, lo mismo que los muebles, papeles, libros de caja y efectos que hallaron en las habitaciones del director".

Para mí ha sido un gran honor haber podido participar como guía en las visitas realizadas durante el pasado 8 de abril en la Fábrica de Tabacos. Haber compartido una parte, aunque fuese pequeña, de la historia del edificio con tanta gente, haber podido conocer a algunos ex-trabajadores y ex-trabajadoras y haber podido vivir de primera mano el edificio antes de su conversión definitiva en Sede Judicial. Detengámonos a contemplarlo por un momento cuando pasemos por allí. Fijémonos en el portón de madera de la época de los Correos Marítimos y en el escudo de armas de Castilla y León que todavía perviven en la calle Primavera. Tenemos una joya en la Palloza. Valorémosla y cuidemos de ella como se merece.