Saber ya no es poder

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Silvia LongueiraPSOEDecember 102017

Saber ya no es poder

 

Es curioso que los tambores de la globalización que vienen sonando desde hace más de una década vayan repicando contra el sonido de las minorías que se atomizan día a día. Y esto ocurre en cualquier ámbito susceptible de planteamiento político.

Por ejemplo, en los servicios sociales; escenario de debate donde los haya y en el que cada afectado siente la necesidad (más que justificada) de abrir un espacio asociativo, que se atomiza tras decenas de asociaciones que defienden un decálogo prácticamente idéntico con la salvedad de uno o dos matices. Esta tendencia, sin saberlo, ha sido la antesala de lo que los modernos actuales llaman la posverdad; que no es más que la necesidad que tiene la sociedad añosa de hacer ver y hacer creer en la verdad del momento.

Estamos ante un frase que enuncia la filósofa Marina Cortés cuando dice que “nuestra impotencia actual tiene un nombre: analfabetismo ilustrado. Lo sabemos todo, pero no podemos nada”

Y así creo que sucede. Una ciudad-sociedad como A Coruña y similares, con cerca de 40 años de democracia municipal y trabajo del tejido asociativo, se encuentran, por diferentes motivos que provienen de diferentes consecuencias, en un momento en que posiblemente lo saben todo de sí mismas pero no pueden hacer casi nada. Y no me refiero al poder de los gobiernos municipales, sino a que esa atomización del individuo y del colectivo ha chocado contra los nuevos órdenes del posibilismo.

Los nuevos lenguajes para la participación ciudadana, la tecnología que no acaba de convertirse en la compañera leal con la que nos entendemos a la perfección, la pandemia del estrés por sobrevivir entre trabajos y, sobre todo, la fascinación por el pasado que siempre será la utopía “de lo mejor, lo superior”; neutraliza cualquier posibilidad de mejora.

Y entre este combate de átomos incesante se genera el desprecio por el conocimiento y la bondad de algunas estructuras que ya existen y funcionan.

Porque lo tremendo de la desilusión ante el futuro es la negación del conocimiento existente y del valor del mismo. De la negación de estructuras perennes sin fisura con las que simplemente habría que hacer un punto y seguido para continuar. Es una sensación, por momentos, de que solo somos buenos cuando damos respuestas inmediatas pero no cuando hemos programado para generar conocimientos y planteamientos que nos hacen menos vulnerables ante las circunstancias. Aquello tan manido que siempre se nos dijo de “dale una caña y enséñale a pescar”.

Pues así creo que nos encontramos muchos últimamente, sabiendo que podríamos trazar ayudas y caminos pero con la certeza de que no podríamos hacerlo.